El dolor ajeno

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Quiero creer que es el ritmo frenético del día a día de cada cual y no el desinterés más cruel. Quiero creer que son las miles de preocupaciones que ya saturan nuestra rutina de por sí y no que hayamos dejado de mirar hacia allí, si es que alguna vez lo hicimos. Quiero creer que sí nos duele, que aunque no es nuestra herida también nos sangra.

La otra mañana me sorprendí a mí misma retrocediendo en la pantalla de móvil para volver a leer un titular ante el que mi subconsciente había quedado impasible. “Al menos 52 muertos por un corrimiento de tierra en Afganistán”, decía. Y tuve que volver a leerlo. Tuve que hacerlo porque en la primera vuelta la vida de esas cincuenta y dos personas había pasado delante de mis ojos con la misma indiferencia con la que uno lee la lista de la compra semanal. Justo ahí me di cuenta del desdén al que hemos sometido el dolor ajeno, ese que sucede a más de mil kilómetros de nuestro acogedor sofá del primer mundo.

Ese día fue un descorrimiento de tierra, otros las causas son la hambruna y las epidemias, o a lo peor, guerras, atentados, violaciones y un largo etcétera. Nuestros oídos se han acostumbrado de la forma más desalmada a la muerte de nuestros vecinos y la moneda con la que les estamos pagando es la indiferencia más absoluta. Los muertos de otros pasan día tras día delante de nuestros ojos y no nos hacen mella. Al fin y al cabo no es nuestra herida la que sangra, ni nuestro corazón el que se encoge por el dolor. Son los muertos de otros. Que lloren ellos, parece gritar nuestro interior.

¿Quién tiene la culpa en esto? Si es que se puede culpar a alguien, claro. ¿Son los medios de comunicación los que nos han insensibilizado o somos nosotros los que libremente un día decidimos que para penas las de casa?

Hace poco más de un mes el mundo entero se volcaba con las víctimas del accidente de Germanwings y un tiempo antes con las del Charlie Hebdo. Hoy nuestro corazón está con Nepal en el que ya es uno de los peores desastres ocasionados por la madre naturaleza. Las portadas de los periódicos se llenan de historias y los informativos abren con lo último sobre el lugar, como ya lo hicieran en los casos anteriores, como es lo lógico ante cualquier tragedia humana bien sea ocasionada por la naturaleza o por el arma más mortífera del planeta: nosotros mismos, el hombre.

Sin embargo no está de más recordar que también hace poco más de un mes unos terroristas asesinaron a más de un centenar de universitarios en Kenia. Sería tremendamente injusto afirmar que los medios de comunicación no se involucraron en la cobertura del atentado porque sí lo hicieron, si bien también es justo recalcar que su papel no estuvo a la altura ni de lejos. Uno se pone a comparar y duele el alma. Es aquí cuando la frase de Pedro Blanco en su firma para el ‘Hora 25’ cobra todo el sentido del mundo: eran “tan jóvenes como los universitarios de aquí, con las mismas esperanzas que los universitarios de aquí, con tanta vida por delante como la de los universitarios de aquí […] No todos los muertos duelen igual”.

Esa fue la frase que vino a mi cabeza la otra mañana cuando tuve que volver a leer el titular en mi móvil. A veces se nos olvida que no son sólo cifras, números al azar. Eran cincuenta y dos los muertos. Cincuenta y dos personas con nombres y apellidos y yo en ese momento no supe verlo.

B.

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