El (no) arte de comunicar

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Fue F. Scott Fitzgerald quien dijo “no escribas porque quieres decir algo, escribe porque tienes algo que decir”. Es cierto que de poco sirve sentarse ante una hoja de papel en blanco si no se tiene nada que contar, si ni tan siquiera la intención nos acompaña, independientemente de si uno cree que lo hace mejor o peor.

Releía estos días ¿Por qué los españoles comunicamos tan mal?, el libro del periodista Manuel Campo Vidal, mientras vino a mi mente la frase de Scott Fitzgerald. Y no sé si es sólo cosa de españoles o no pero son infinitas las veces que emitimos mensajes sin pararnos a pensar un minuto y medio en lo que vamos a decir. Ese hablar por hablar tan nuestro, tan de pata negra.

Sólo es necesario encender la televisión, coger el periódico o dejar que suene la radio (día y hora a elegir) para comprobar en primera persona lo que Campo Vidal relata en su libro: no es sólo que estemos comunicando mal, es que encima estamos tan cegados que ni lo sabemos. Ni lo queremos saber.

Me refiero a esta versión de pan y circo en la que se han convertido la gran mayoría de medios de comunicación de nuestro país: tertulianos que suman horas en pantalla con opiniones que rozan el disparate, o ruedas de prensa de esas sin preguntas y con el mando a distancia en la mano para apagar el plasma antes de que empiece el discurso que hemos permitido que nos obliguen a ver.

Y entonces uno se para a pensar y cae en la cuenta de que a lo mejor (o a lo peor) va a ser esto cosa de españoles. Sólo hay que escuchar al profesor Manuel Castells cuando dice que en España no se habla bien, no por nada, sino porque aquí no existe interacción en la comunicación. Lo que debería ser un enriquecedor debate ha dejado paso a un monólogo superpuesto en el que predominan los gritos para imponer nuestra voz sobre la de las personas con las que dialogamos. Como si la verdad absoluta de un tema la tuviera una única persona, yo, y los demás no tuvieran ni idea, cuando la única realidad es que existen tantas verdades como personas y que solo hay que saber mirar. Y escuchar.

Es aquí cuando F. Scott Fitzgerald nos miraría y nos diría: “habla porque tienes algo que decir, no porque quieras decir algo”. Y sólo nos quedaría bajar la cabeza y asentir.


No se trata sólo de cantar la canción correcta, se trata de cantársela a la persona correcta.

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