Fotografía de guerra

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Llegué al fotoperiodismo casi por casualidad, atraída por el título de uno de los libros de la escritora española Susana Fortes: Esperando a Robert Capa. Ya conocía “Muerte de un miliciano” pero poco más sabía del hombre al que consideran uno de los mejores reporteros de guerra de todos los tiempos. Entonces decidí comprar el libro. Sólo entonces entendí el porqué de ese apelativo y caí en la cuenta de que puede que le quedase hasta pequeño.

De Capa pasé a Gerda Taro, del miliciano abatido en Espejo a las fotos del día D. Todo lo que poco a poco iba cayendo en mis manos sobre el húngaro lograba fascinarme de un modo en el que pocas cosas lo habían hecho hasta entonces. Fotografías, historias y lugares que te atrapan y te transportan gracias a un disparo de cámara. Ese click que eterniza momentos.

Desde hace un tiempo me gusta la fotografía de guerra. Esas imágenes que a priori son crueles y dolorosas, son una forma de darnos de bruces con la realidad y de enfrentarnos con todos esos temas que suceden a miles de kilómetros de nuestros sofás y que no queremos ver. Llevado a nuestro día a día serían las páginas del periódico que pasamos deprisa o la noticia del telediario a la que le bajamos la voz. La fotografía de conflictos nos pone delante todos esos asuntos a los que solemos dar la espalda hasta que alguien nos dice: oye, mira, esto es así y es real. Está pasando así que abre los ojos.

Y es aquí cuando me acuerdo del “It’s not happening here but it is happening now” de la campaña de Amnistía Internacional. Esa frase que te dejaba plantado delante de la marquesina del bus, asimilando durante un rato la imagen que la acompañaba.

Por eso lo importante de una fotografía es que cuente una historia, que la transmita de una forma tan brutal que te persiga un tiempo. Que sea una imagen de esas que en cuanto caen delante de tus ojos no puedes apartarlos de ahí durante un buen rato. De las que te pellizcan fuerte la boca del estómago y hacen que ese nudo te acompañe durante horas, a veces días. Ya lo apuntaba el gran Enrique Meneses: los fotógrafos no son más que escritores de historias con cámaras de fotos.

La niña y el buitre, Fátima sosteniendo el cuerpo herido de su hijo en Yemen, las mujeres con el rostro quemado por el ácido, la niña afgana, el padre que sujeta el cuerpo de su hijo pequeño muerto a manos del ejército sirio, el monje budista que se inmola para denunciar la persecución religiosa del gobierno sudvietnamita, las masacres de palestinos o la terrible comparación entre la mano de un misionero y la de un pequeño desnutrido en Uganda. También las muchas guerras, ese lado más bajo, sucio y cruel de la humanidad.

Ayer eran Robert Capa, Henri Cartier-Bresson o Robert Doisneau. Hoy son Manu Brabo, Emilio Morenatti, Samuel Aranda, Cristina García Rodero, Gervasio SánchezSebastião Salgado, Steve McCurry o Lyndsey Addario, entre otros muchos. Fotógrafos que se dejan el cuerpo, el alma y los ahorros en un proyecto en el que creen, que se desviven por abrir los ojos al resto de mortales y dar visibilidad a la parte más vulnerable del planeta. Pasearse por sus portfolios sirve como ducha de agua fría y como cura de humildad. Si no me creéis sólo tenéis que entrar y disfrutar.

Luego me contáis cómo ha ido.

 

*Fotografía Inmigrants (Samuel Aranda)

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