Morir para contarlo

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“Nadie debe pagar con su vida el precio de ejercer

su derecho a la libertad de expresión”

Amnistía Internacional

“Todo individuo tiene derecho a la

libertad de opinión y de expresión”

Art. 19- Decl. Universal de Derechos Humanos


2015 comenzó con un pellizco en el estómago. Fuerte, brutal, de esos que te retuercen por dentro y la sensación te dura varios días. O no termina de irse nunca. El 7 de enero tres terroristas irrumpieron, Kaláshnikov en mano, en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en el distrito 11 de la ciudad de París. En ese momento el equipo directivo estaba reunido en su cita semanal. Unos treinta disparos después, el balance del ataque fueron doce muertos – de los que ocho eran periodistas- y una libertad de expresión totalmente minada, arrasada y pisoteada. Entre los fallecidos se encontraban el director de la revista, Stéphane Charbonnier (Charb) y los dibujantes Tignous, Cabu, Wolinski y Honoré. También los periodistas Elsa Cayat, Mustapha Ourad y Bernard Maris.

Ahora, un año después de la matanza, Gérard Biard, redactor jefe de la revista, habla en El País sobre cómo es mirar de frente a otro 7 de enero y cómo pelear con ideologías radicales y extremistas armado con un rotulador, haciendo que reluzca lo que es verdaderamente importante: la posibilidad de expresarse de forma libre y pacífica.

Según el informe anual publicado por Reporteros Sin Fronteras, 67 periodistas- 69, según publica el Comité para la Protección de Periodistas, CPJ por sus siglas en inglés-  murieron en 2015 informando. De esos 67, 49 fueron asesinados de forma deliberada y 18 fallecieron en el ejercicio de su profesión. A ellos hay que sumar la muerte de otros 43 profesionales de los que no se ha podido definir con certeza si su fallecimiento está relacionado directamente con su profesión de periodistas. Así, al cierre de 2015 la cifra se eleva hasta un total de 110.

Este mismo documento apunta también a un incremento de la violencia desmedida e intencionada contra los periodistas. Sucede en Irak, país que lidera el ranking de fallecidos después de que 11 periodistas perdieran la vida allí el pasado año, pero también en Siria, en Francia, en Yemen, en Sudán del Sur, en la India o en México, entre otros. Precisamente es en este último donde tuvo lugar uno de los asesinatos que volvió a levantar viejas heridas, por su brutalidad y por su sinsentido. Rubén Espinosa, fotorreportero, llegó al DF en busca de seguridad. Fueron las amenazas que recibió a raíz de su trabajo en Veracruz (categorizado como el Estado mexicano más peligroso para ejercer el periodismo) las que le llevaron a moverse, a poner ojos en su espalda. De poco le sirvió. El 31 de julio de 2015 fue asesinado junto a otras cuatro personas en un piso de la capital mexicana.

El 19 de agosto del verano anterior el Estado Islámico difundió un vídeo con la decapitación del periodista James Wright Foley. El estadounidense había sido secuestrado en Siria en 2012. Semanas después de la difusión del macabro vídeo Steven Sotloff corrió la misma suerte. También era periodista. Igual que Kenji Goto, freelance ejecutado por el Daesh en Siria el pasado enero.

Que un periodista se convierta en noticia es la antítesis del periodismo. La reflexión no es mía, es del fotógrafo -también fotoperiodista- Ricardo García Vilanova en esta entrevista en Jot Down. De eso bien sabe él mismo. Lo aprendió en los 194 días que pasó retenido por el ISIS en Siria junto al periodista Javier Espinosa.

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