Casi ocho

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“Rompí a llorar. Me encanta esa expresión. No se dice rompí a comer o rompí a caminar. Rompes a llorar o a reír. Creo que vale la pena hacerse añicos por esos sentimientos”.

Albert Espinosa

 

La cuenta con los dedos no termina de salirme así que al final acabo recurriendo a los básicos y cojo la calculadora. Según me chiva, si cuentas ocho años en días, el resultado es 2.920 o, si lo prefieres, 416 semanas, aunque es cierto que hay que sumarle algún día extra y restarle algún mes negro.

Si me lo preguntas a mí, te digo que ocho años han sido cinco mudanzas casi en el mismo cuadro de Idealista y diez compañeros de piso. Ninguna planta que no fuera de plástico y cuatro ventanas con vistas a un patio interior.

Pongamos que tropecientos kilómetros recorridos. Diez vuelos y siete trabajos. También dos teléfonos robados y otro olvidado encima de la mesa de un bar cualquiera. El paso de los (casi) 18 a los (casi) 26 en lo que ha parecido poco más de minuto y medio. Cuatro fiestas sorpresa de cumpleaños y un buen puñado de conocidos. Treinta y siete conversaciones con taxistas a deshora pero en buena compañía y un susto que aún permanece.

Más de un centenar de libros leídos. Más, muchos más. Y otros cuantos de esos que no puedes evitar comprar pero a los que siempre se les adelanta otro título en tu mesilla cuanto toca empezar aventura. Alguna que otra canción en bucle infinito y otro par más debajo de la ducha cuando crees que nadie te escucha cantar. Si me paro a pensar me salen tres decepciones pero puede que sea porque estoy dejando fuera algunas que dolieron un poquito más.

Hay tres adioses convertidos en estrellas. 4.397 te lo dijes y 318 brindis. Puede que las mismas mañanas de resaca por la relación causa y efecto. Cinco nuevos amigos que al final fueron conocidos y tres desconocidos que acabaron siendo familia. 89 tartas de zanahoria con té las tardes de domingo y 23 helados de mango cuando el verano hace de las suyas y vacía las calles. También cuatro noches en tienda de campaña y un recorrido río arriba. Pongamos que 64 verbenas, desgastando la garganta y la suela de los zapatos al mismo ritmo, aunque seguramente hayan sido bastantes más. Me salen cinco caídas (físicas, claro, de las otras más del doble) y más visitas al hospital de las deseadas.

Una conversación en la parada del bus, doce conciertos y una lista de series pendientes de esas que no deja de engordar. Diecisiete entrevistas, pero ninguna a mí, y más de mil días detrás de un mostrador, volviendo al origen, a ser de nuevo adultos pequeños. Y aunque el balance sale positivo a (son)risas apunta también un buen puñado de lágrimas. ¿Cómo se cuentan los besos? 

Si hago la cuenta me salen cuatro cagadas de nivel  e innumerables meteduras de pata. Otro té a la orilla del Bósforo, doce mensajes sin enviar y un amanecer en la playa.  27 libretas llenas de ideas y tachones y un verano entero siendo la chica del tiempo. Pese a todo, un único septiembre estudiando. También un profesor parisino y cambiar la tele por la radio.

Si es a mí a quien preguntas, te diré que estos (casi) ocho años han sido, en buena parte, eso. Eso y una ciudad. Solo una. Pero esa ya es otra historia.

B.

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